
Berenice: cuando Edgar Allan Poe convirtió los dientes en terror
En 1835, Edgar Allan Poe publicó un cuento que terminaba con una caja, instrumentos de dentista y treinta y dos objetos pequeños y blancos. Los lectores se quejaron.
En la primavera de 1835, los lectores de una revista de Richmond, Virginia, abrieron un cuento que terminaba con una caja sobre una mesa. Dentro había instrumentos de dentista y treinta y dos objetos pequeños y blancos. Algunos lectores escribieron al editor para quejarse. El autor, un joven de 26 años llamado Edgar Allan Poe, tuvo que dar explicaciones.
El cuento se llamaba Berenice. Casi dos siglos después sigue siendo uno de los relatos más perturbadores de Poe, y uno de los pocos de la literatura de terror en los que el objeto del miedo no es un monstruo, un fantasma ni un asesino, sino algo que todos llevamos en la cara: una sonrisa.
Esa es justamente la razón por la que una historia de terror tiene lugar en Odonto News. Berenice no es solo un clásico gótico; es también una ventana a una época en la que los dientes se perdían con facilidad, se arrancaban sin anestesia y se convertían, para muchos, en sinónimo de dolor. Leerlo hoy ayuda a entender de dónde viene buena parte del miedo que todavía rodea al sillón dental, y por qué la odontología moderna se dedica a lo contrario de lo que hace Egaeus: conservar.
«Berenice» en 30 segundos
- Autor: Edgar Allan Poe.
- Publicación: marzo de 1835, en el Southern Literary Messenger de Richmond, Virginia.
- Género: cuento de terror gótico.
- De qué trata: Egaeus, un hombre incapaz de apartar la mente de los detalles, desarrolla una obsesión por los dientes de su prima y prometida, Berenice.
- Por qué es famoso: su final, con instrumentos de dentista y treinta y dos dientes, escandalizó a los lectores de la época.
Por qué un cuento de 1835 sigue inquietando
La mayoría de los cuentos de terror del siglo XIX envejecieron mal: sus castillos, maldiciones y apariciones hoy parecen de utilería. Berenice no. Su horror no depende de lo sobrenatural, sino de tres ideas que siguen funcionando igual que entonces.
La primera es la obsesión. Egaeus no es un villano clásico; es un hombre que pierde el control de su propia atención, que no puede dejar de mirar un detalle hasta que ese detalle lo consume. Cualquiera que haya sentido una idea fija entiende, aunque sea en pequeño, de qué habla Poe.
La segunda es el miedo a ser enterrado vivo, una angustia muy real en el siglo XIX, cuando los criterios médicos para declarar una muerte eran mucho menos precisos que hoy. Poe volvería a este tema una y otra vez en su obra.
La tercera es la más incómoda: la sonrisa. Es lo primero que mostramos a los demás, la parte del cuerpo con la que saludamos, seducimos y convencemos. Poe tomó ese gesto amable y lo convirtió en el centro de una pesadilla. Esas tres ideas son las que conviene tener en mente al recorrer la historia.
Poe en 1835: un escritor sin dinero y una apuesta
Cuando escribió Berenice, Poe estaba lejos de ser el autor célebre que conocemos. Vivía en Baltimore, en una casa modesta, con su tía Maria Clemm y su prima Virginia, con quien se casaría en 1836. Había publicado algunos libros de poesía que apenas se vendieron y buscaba un trabajo estable que le permitiera vivir de escribir.

Envió el cuento al Southern Literary Messenger, una revista fundada apenas el año anterior en Richmond por el impresor Thomas W. White. White lo publicó en el número de marzo de 1835. Según explicó el propio Poe en una carta al editor, la historia nació de una apuesta: alguien le había asegurado que no podría escribir nada eficaz sobre un tema tan extraño si lo trataba con seriedad. Poe quiso demostrar lo contrario.
El dato importa para leer el cuento: Berenice fue, desde el principio, un ejercicio deliberado de llevar el horror al límite. Poe sabía exactamente a dónde quería llegar, y cada página prepara el golpe final.
La historia: Egaeus y la biblioteca
El cuento abre con un epígrafe en latín, atribuido a un poeta árabe, que dice algo así como: «Mis compañeros me decían que, si visitaba la tumba de mi amiga, mis penas se aliviarían un poco». Es la primera pista. Desde la primera línea, Poe nos avisa que esta historia termina en un sepulcro.
El narrador, Egaeus, pertenece a una familia antigua y vive en la mansión de sus antepasados. Nació en la biblioteca, pasó su infancia entre libros y casi no sale de ella. Su vida interior es más real para él que el mundo exterior.
Egaeus describe con precisión clínica lo que llama su monomanía. No se trata de soñar despierto: el soñador deja que sus pensamientos se expandan y se alejen del objeto que los inspiró. A Egaeus le pasa lo contrario. Su mente se cierra sobre una cosa insignificante, una letra en el margen de un libro, la sombra de un mueble, la llama de una lámpara, y la contempla durante horas, repitiendo una palabra común hasta que pierde todo sentido. Ese detalle se vuelve más importante que cualquier otra cosa.

Junto a él creció su prima Berenice, y Poe los presenta como opuestos. Él es enfermizo, sombrío, encerrado en sus libros. Ella es ágil, alegre, llena de energía, siempre al aire libre. Egaeus admite algo inquietante: en los días en que Berenice era sana y hermosa, nunca la amó. La contemplaba como un objeto de análisis, como una idea, no como una persona.
La enfermedad de Berenice
Entonces la desgracia cae sobre Berenice. Poe describe una enfermedad parecida a la epilepsia que la transforma por completo: su cuerpo, su carácter, su forma de ser. Lo peor son los episodios de trance, tan profundos que se parecen a la muerte misma, y de los que despierta de manera abrupta.
Mientras ella se consume, la monomanía de Egaeus se agrava. Y aquí aparece uno de los giros más perversos del cuento: es precisamente ahora, cuando Berenice ya no es la joven radiante que fue, que Egaeus le habla de matrimonio. No la eligió cuando estaba sana; se compromete con ella cuando se ha convertido en una figura frágil, casi espectral.

Para el lector de 1835, esos trances no eran un recurso fantasioso. El temor a confundir un estado de inconsciencia profunda con la muerte era común, y Poe lo usa para sembrar una duda que no se resolverá hasta el final: ¿qué tan muerta puede estar alguien que parece muerta?
La sonrisa que lo cambió todo
La escena central ocurre una tarde de invierno, en uno de esos días inusualmente tibios y brumosos. Egaeus está sentado en la biblioteca, absorto, y al levantar la vista encuentra a Berenice de pie frente a él.
La describe con un detalle que da escalofríos: la frente alta y pálida, el cabello que antes era negro y ahora cae de un amarillo intenso, los ojos sin brillo, los labios delgados y marchitos. Y entonces ella sonríe. En ese gesto, los labios se abren y dejan ver los dientes.

Berenice sale de la habitación, pero sus dientes se quedan. Egaeus los sigue viendo, nítidos, blancos, perfectos, cada uno con su forma y su lugar. Para una mente como la suya, es el detalle que estaba esperando. Lo que para cualquiera sería un gesto amable, para él se convierte en el objeto definitivo de su obsesión.
La obsesión de Egaeus con los dientes
A partir de ese momento, Egaeus no puede pensar en otra cosa. Los dientes de Berenice ocupan sus días y sus noches. Los ve en la penumbra, los imagina en cada superficie, los estudia mentalmente desde todos los ángulos. Llega a repetir una frase en francés según la cual los dientes de Berenice eran «ideas».
En su lógica enferma, esa frase lo explica todo. Si los dientes son ideas, poseerlos sería poseer algo esencial, algo que le devolvería la razón. Se convence de que sólo teniéndolos en su poder podría recuperar la paz.

Lo notable es que Poe no necesita monstruos ni fantasmas para crear tensión. Le basta con mostrar, desde dentro, cómo una mente se cierra sobre un solo objeto hasta perder el control. El lector entiende antes que el propio narrador hacia dónde va todo esto.
El final de «Berenice» explicado
Aviso: lo que sigue revela el final del cuento.
Un día llega la noticia: esa misma mañana, Berenice sufrió un ataque de epilepsia y ha muerto. Al caer la noche, la tumba ya está preparada para recibirla. Todo ocurre en unas pocas horas.

Lo que sigue es el pasaje más inquietante del cuento, precisamente porque Poe no lo narra. Egaeus se encuentra de nuevo sentado en la biblioteca, solo, como si despertara de un sueño confuso y terrible. Sabe que es medianoche, sabe que Berenice fue enterrada, pero entre un momento y otro hay un vacío. Tiene la sensación de haber hecho algo atroz y no consigue recordar qué.

Sobre la mesa hay una lámpara encendida y, junto a ella, una pequeña caja. No tiene nada de especial: Egaeus la ha visto muchas veces, porque pertenece al médico de la familia. Pero no entiende por qué está ahí, y mirarla lo llena de un miedo que no sabe explicar.
Entonces llama a la puerta un criado, pálido de terror. Le habla en voz baja y entrecortada: durante la noche se oyó un grito; la servidumbre fue a buscar el origen y encontró la tumba de Berenice abierta. El cuerpo, desfigurado, todavía respiraba. Berenice había sido enterrada viva.

El criado señala la ropa de Egaeus: está cubierta de lodo y manchada. Egaeus mira sus manos y descubre en ellas marcas de uñas humanas. Contra la pared hay una pala. Con un grito, se lanza sobre la caja e intenta abrirla, pero le tiembla el pulso y la caja cae al suelo y se rompe. De ella salen rodando instrumentos de cirugía dental y treinta y dos objetos pequeños, blancos, como de marfil.

Treinta y dos no es un número cualquiera: es la dentadura completa de una persona adulta, incluidas las muelas del juicio. Poe no dejó nada a medias. El cuento termina ahí, sin explicación ni castigo, con la imagen de los dientes esparcidos por el suelo. Todo lo que el lector necesita saber ya está dicho.
El escándalo y la carta de Poe
La reacción fue inmediata. Varios lectores escribieron a White para quejarse de que la revista hubiera publicado algo así. Poe le respondió en una carta fechada el 30 de abril de 1835, que hoy es uno de los documentos más citados para entender su manera de pensar.
En ella admite que el cuento rozaba el mal gusto y que no volvería a llevar las cosas tan lejos. Pero, al mismo tiempo, defiende el género con argumentos casi de editor: las revistas que se habían hecho famosas, explica, lo lograron con piezas intensas, en las que lo ridículo se elevaba a lo grotesco y lo temible se teñía de horror. Ese tipo de textos, dice, es el que la gente busca, comenta y reproduce.
White debió quedar convencido. Ese mismo año contrató a Poe para trabajar en el Southern Literary Messenger, y la revista se convirtió en su primera plataforma importante.
Poe, sin embargo, siguió revisando el cuento. En la versión de 1840 eliminó cuatro párrafos, entre ellos los que mostraban a Berenice, todavía con señales de vida, antes del entierro. En 1842 llegó a considerar cambiarle el título por «Los dientes». Al final conservó el nombre de la protagonista.
¿Por qué Poe eligió los dientes?
Los críticos han señalado que los dientes aparecen como símbolo de la muerte en varios cuentos de Poe, y la razón es casi anatómica: son la única parte del esqueleto que vemos en una persona viva. Cuando alguien sonríe, muestra, literalmente, una pieza de lo que quedará cuando el resto del cuerpo haya desaparecido.
En Berenice, ese símbolo funciona en dos direcciones. Por un lado, los dientes son lo único que permanece intacto mientras Berenice se consume: su cuerpo se deteriora, pero su sonrisa sigue siendo blanca y perfecta. Por otro, son el punto exacto donde la vida y la muerte se tocan, y Poe los convierte en el objeto que une el amor enfermizo de Egaeus con el horror de la tumba.
El entierro prematuro, por su parte, se volvería una de las obsesiones de Poe. Años después escribiría «La caída de la casa Usher» (1839), donde Madeline Usher también es sepultada con vida, y «El entierro prematuro» (1844), dedicado por completo a ese miedo. Berenice fue uno de sus primeros ensayos sobre el tema.
La odontología en tiempos de Berenice
Para entender por qué la caja de instrumentos dentales resultaba tan terrible, hay que imaginar cómo era ir al dentista en la década de 1830. En Estados Unidos, la odontología no tenía escuelas ni títulos propios. Extraer dientes era tarea de barberos, herreros, boticarios y dentistas itinerantes que viajaban de pueblo en pueblo.
No había anestesia. La primera demostración pública de anestesia con éter se hizo en Boston en 1846, gracias a un dentista, William Morton. Hasta entonces, una extracción se hacía con el paciente despierto, con herramientas como la llave dental, que apalancaba la pieza hasta arrancarla. Los dientes perdidos a menudo se reemplazaban con dentaduras hechas de marfil o incluso de dientes humanos, como cuenta nuestra historia sobre los dientes de Waterloo.
El cambio empezó, curiosamente, en la misma ciudad donde vivía Poe. En 1840 se fundó en Baltimore el Baltimore College of Dental Surgery, considerado la primera escuela de odontología del mundo. La ciudad donde Poe imaginó a Egaeus fue también la ciudad donde la odontología empezó a convertirse en una profesión con formación, ética y método.
Reflexiones: lo que «Berenice» nos dice hoy
Leído desde el presente, Berenice deja varias ideas que van más allá del susto.
La primera tiene que ver con la sonrisa. Poe entendió algo que hoy sabemos bien: la sonrisa es parte de nuestra identidad. Es lo que los demás recuerdan de nosotros, lo que mostramos en una foto, lo que comunicamos sin palabras. Por eso la idea de perderla, o de que alguien la arrebate, toca una fibra tan profunda.

La segunda tiene que ver con el miedo. Durante siglos, los dientes estuvieron asociados al dolor, a la improvisación y a instrumentos que hoy parecen de película de terror. Ese pasado explica, en parte, por qué tantas personas todavía sienten ansiedad antes de ir al dentista, aunque las condiciones sean radicalmente distintas.
La tercera es casi una inversión del cuento. Egaeus quiere poseer los dientes de Berenice a cualquier precio; la odontología moderna trabaja para que cada persona conserve los suyos el mayor tiempo posible. Hoy una extracción es el último recurso, no el primero, y se hace con diagnóstico, anestesia y consentimiento. Entre la caja de Egaeus y un consultorio actual hay casi dos siglos de ciencia y de cuidado.
Lo que es ficción y lo que no
Documentado:
- El cuento se publicó en marzo de 1835 en el Southern Literary Messenger.
- Hubo quejas de lectores y Poe respondió por carta al editor el 30 de abril de 1835.
- Poe revisó y recortó el texto en ediciones posteriores.
- En 1840 se fundó en Baltimore la primera escuela de odontología del mundo.
Interpretación:
- La enfermedad de Berenice y la monomanía de Egaeus son recursos literarios, no diagnósticos médicos.
- El significado de los dientes en la obra de Poe es una lectura crítica, no una explicación del autor.
De la ficción al sillón dental
Berenice funciona porque convierte en amenaza algo que vemos todos los días. En la vida real, la historia es la opuesta: cuidar una sonrisa es un trabajo de prevención, diagnóstico y tratamientos pensados para conservar.
En The Special Teeth, en Tijuana, ese es nuestro trabajo diario: que tu sonrisa sea motivo de tranquilidad, no de miedo. Si llevas tiempo posponiendo una revisión, solicita tu cita aquí.
Preguntas frecuentes sobre «Berenice»
¿De qué trata «Berenice» de Edgar Allan Poe?
Es la historia de Egaeus, un hombre obsesionado con los detalles que desarrolla una fijación por los dientes de su prima y prometida, Berenice, después de que ella enferma.
¿Cómo termina «Berenice»?
Berenice es enterrada viva por error. Egaeus, en un estado del que no guarda recuerdo, profana la tumba y le extrae los dientes. Lo descubre al ver una pala, su ropa con lodo y una caja con instrumentos de dentista y treinta y dos dientes.
¿Cuándo y dónde se publicó «Berenice»?
En marzo de 1835, en el Southern Literary Messenger, una revista de Richmond, Virginia, dirigida por Thomas W. White.
¿Por qué son treinta y dos dientes?
Porque es el número de piezas de una dentadura adulta completa, incluidas las cuatro muelas del juicio.
¿«Berenice» está basado en una historia real?
No. Es ficción. Según el propio Poe, el cuento nació de una apuesta sobre si podía escribir algo eficaz con un tema tan extraño.
El cuento sigue disponible para quien quiera leerlo. Ahora que conoces el final, presta atención a cuántas veces Poe menciona una sonrisa antes de abrir la caja.
Las ilustraciones de los personajes de este artículo fueron creadas con inteligencia artificial para Odonto News y no representan a personas reales.
