¿Te truena la mandíbula? Lo que debes saber sobre el dolor de ATM

Clics, dolor al masticar y tensión en las sienes: así se entienden hoy los trastornos temporomandibulares y por qué la mayoría mejora con medidas sencillas y reversibles.

Te truena la mandíbula al bostezar, amaneces con la cara cansada y, a veces, el dolor sube hasta las sienes como si fuera una jaqueca. Muchas personas pasan meses así antes de descubrir que el origen está en la articulación temporomandibular y en los músculos que mueven la mandíbula. La buena noticia es que, en la mayoría de los casos, el problema mejora con medidas sencillas y reversibles.

Imagina esta escena hipotética: Laura tiene 32 años y trabaja frente a una computadora muchas horas al día. Desde hace unos meses, cuando abre mucho la boca para morder una hamburguesa, escucha un “clic” frente al oído. Últimamente también siente dolor al masticar chicle y, al final de las jornadas más pesadas, le duelen las sienes. Leyó en internet que podría necesitar una cirugía o que “tiene la mordida chueca” y que debe desgastarse los dientes. Está asustada.

Antes de tomar cualquier decisión, vale la pena entender qué está pasando.

¿Qué son los trastornos temporomandibulares?

La articulación temporomandibular, o ATM, es la bisagra que une la mandíbula con el cráneo, justo delante de cada oído. Bajo el nombre de trastornos temporomandibulares se agrupan varios problemas: el dolor de los músculos de la masticación, el dolor de la propia articulación, los desplazamientos del disco que hay dentro de ella y los cambios degenerativos. Para diagnosticarlos con rigor existe un sistema internacional de criterios que combina un examen físico estandarizado con una evaluación del impacto emocional y funcional del dolor (Schiffman et al., 2014).

Esa doble mirada no es un detalle menor. Los especialistas entienden hoy estos trastornos desde un modelo biopsicosocial, en el que influyen factores físicos, el estrés, el sueño y la forma en que el sistema nervioso procesa el dolor (List y Jensen, 2017).

Más comunes de lo que imaginas

Un metaanálisis estimó que alrededor de tres de cada diez adultos y uno de cada diez niños y adolescentes presentan algún trastorno de la ATM, y que los desplazamientos del disco están entre los hallazgos más frecuentes (Valesan et al., 2021). Entre las personas que buscan atención por dolor, el diagnóstico más común suele ser el dolor de origen muscular (Manfredini et al., 2011).

Un gran estudio prospectivo en Estados Unidos siguió durante años a miles de adultos que al inicio no tenían el trastorno. Encontró que cada año alrededor del 4% desarrollaba un trastorno temporomandibular doloroso, y que el riesgo era mayor en quienes tenían otros dolores crónicos, más síntomas de estrés o una mayor sensibilidad al dolor (Slade et al., 2016).

Las señales más frecuentes

  • Dolor frente al oído, en la mejilla o en las sienes, que empeora al masticar, hablar mucho o bostezar.
  • Ruidos al abrir o cerrar la boca, como un clic o una sensación de arenilla.
  • Dificultad para abrir completamente la boca o sensación de que la mandíbula se “traba”.
  • Cansancio o rigidez en la cara al despertar.
  • Dolores de cabeza que se acompañan de tensión en la mandíbula.

Es importante saber que un clic aislado, sin dolor ni limitación, es muy común y con frecuencia no necesita tratamiento. Lo que más importa es si hay dolor, si cambia la forma de abrir la boca y cuánto afecta la vida diaria (Durham et al., 2015).

El mito de la mordida chueca

Durante décadas se pensó que la causa principal era una mala oclusión, es decir, que los dientes no encajaran bien. Por eso se recomendaba desgastar los dientes o hacer grandes cambios en la mordida. Una revisión sistemática que analizó los estudios de asociación concluyó que la evidencia no respalda una relación importante entre la oclusión y los trastornos temporomandibulares, y que ya no se justifica tratarlos con ajustes oclusales irreversibles (Manfredini et al., 2017).

Esto cambia mucho la conversación. Si alguien propone desgastar o modificar de forma permanente los dientes como primer paso para el dolor de mandíbula, conviene pedir una segunda opinión.

Lo que sí recomienda la evidencia

Las guías y revisiones coinciden en una idea central: empezar por tratamientos conservadores y reversibles, porque la mayoría de los casos mejora con ellos y muchos síntomas disminuyen con el tiempo (Greene, 2010). Una revisión clínica en una revista médica general resume el primer paso en educación, autocuidado y manejo del dolor, reservando los procedimientos invasivos para casos muy seleccionados (Durham et al., 2015).

Las principales herramientas son estas:

  • Educación y autocuidado: entender el problema, dar descanso a la mandíbula con una dieta más blanda por un tiempo, evitar el chicle y los bostezos muy amplios, y aplicar calor local.
  • Fisioterapia: un metaanálisis encontró que el ejercicio terapéutico y la terapia manual reducen el dolor y mejoran la apertura, sobre todo en el dolor de origen muscular (Paço et al., 2016).
  • Manejo del estrés y del dolor crónico: las intervenciones psicológicas, como la terapia cognitivo-conductual, han mostrado cierto beneficio en el dolor orofacial crónico, aunque la calidad de la evidencia todavía es limitada (Aggarwal et al., 2011).
  • Atención a los hábitos: notar si aprietas los dientes durante el día, mantener la mandíbula relajada con los labios juntos y los dientes separados, y cuidar la postura frente a la pantalla.

¿Y las guardas o férulas?

Las férulas oclusales son una de las opciones más utilizadas. Sin embargo, una revisión sistemática encontró que la evidencia sobre su capacidad para reducir el dolor es de baja calidad y no permite afirmar con certeza que sean mejores que otras medidas conservadoras (Riley et al., 2020). Eso no significa que nunca sirvan: pueden ayudar a algunas personas, por ejemplo para proteger los dientes del desgaste por bruxismo. Lo razonable es verlas como una herramienta más dentro de un plan, no como la solución única.

Cuándo consultar sin esperar

  • Si la mandíbula se traba y no puedes abrir o cerrar la boca.
  • Si el dolor es intenso, constante o te despierta por la noche.
  • Si hay hinchazón, fiebre, pérdida de sensibilidad en la cara o cambios en la mordida que aparecen de un día para otro.
  • Si el dolor no mejora después de varias semanas de autocuidado.

El dolor en la zona de la mandíbula también puede venir de un diente, de los oídos o de otras estructuras, por eso una valoración profesional ayuda a descartar otras causas (List y Jensen, 2017).

Preguntas frecuentes

¿El clic de mi mandíbula significa que algo se está dañando? No necesariamente. Muchos clics corresponden a un desplazamiento del disco que no causa dolor ni progresa. Se vigila, pero no siempre se trata.

¿Necesitaré cirugía? Es muy poco frecuente. La gran mayoría de las personas mejora con medidas conservadoras.

¿Tiene relación con el estrés? Sí. El estrés, la ansiedad y el mal descanso se asocian con más dolor y con un mayor riesgo de desarrollar el trastorno (Slade et al., 2016).

El final de la historia

En nuestro caso hipotético, Laura acudió a una valoración. Le explicaron que su clic correspondía a un desplazamiento del disco sin bloqueo y que el dolor venía sobre todo de los músculos. Nadie le habló de desgastar sus dientes. Su plan incluyó dejar el chicle, aplicar calor por las tardes, ejercicios guiados por un fisioterapeuta y pausas para relajar la mandíbula durante el trabajo. A las pocas semanas, las sienes dejaron de dolerle. El clic sigue apareciendo de vez en cuando, pero ya no le preocupa: ahora sabe que no todo ruido es una alarma.

Si quieres que lo revise un profesional

Conoce los tratamientos de The Special Teeth. Si vienes de Estados Unidos, nuestra guía para planear tu visita a Tijuana te ayuda con el cruce y los traslados. Cuando quieras, puedes solicitar una valoración.

Referencias

Aggarwal, V. R., Lovell, K., Peters, S., Javidi, H., Joughin, A., & Goldthorpe, J. (2011). Psychosocial interventions for the management of chronic orofacial pain. Cochrane Database of Systematic Reviews, 2011(11), Article CD008456. https://doi.org/10.1002/14651858.cd008456.pub2

Durham, J., Newton-John, T. R. O., & Zakrzewska, J. M. (2015). Temporomandibular disorders. BMJ, 350, Article h1154. https://doi.org/10.1136/bmj.h1154

Greene, C. S. (2010). Managing the care of patients with temporomandibular disorders: A new guideline for care. The Journal of the American Dental Association, 141(9), 1086–1088. https://doi.org/10.14219/jada.archive.2010.0337

List, T., & Jensen, R. H. (2017). Temporomandibular disorders: Old ideas and new concepts. Cephalalgia, 37(7), 692–704. https://doi.org/10.1177/0333102416686302

Manfredini, D., Guarda-Nardini, L., Winocur, E., Piccotti, F., Ahlberg, J., & Lobbezoo, F. (2011). Research diagnostic criteria for temporomandibular disorders: A systematic review of axis I epidemiologic findings. Oral Surgery, Oral Medicine, Oral Pathology, Oral Radiology, and Endodontology, 112(4), 453–462. https://doi.org/10.1016/j.tripleo.2011.04.021

Manfredini, D., Lombardo, L., & Siciliani, G. (2017). Temporomandibular disorders and dental occlusion. A systematic review of association studies: End of an era? Journal of Oral Rehabilitation, 44(11), 908–923. https://doi.org/10.1111/joor.12531

Paço, M., Peleteiro, B., Duarte, J., & Pinho, T. (2016). The effectiveness of physiotherapy in the management of temporomandibular disorders: A systematic review and meta-analysis. Journal of Oral & Facial Pain and Headache, 30(3), 210–220. https://doi.org/10.11607/ofph.1661

Riley, P., Glenny, A.-M., Worthington, H. V., Jacobsen, E., Robertson, C., Durham, J., Davies, S., Petersen, H., & Boyers, D. (2020). Oral splints for temporomandibular disorder or bruxism: A systematic review. British Dental Journal, 228(3), 191–197. https://doi.org/10.1038/s41415-020-1250-2

Schiffman, E., Ohrbach, R., Truelove, E., Look, J., Anderson, G., Goulet, J.-P., List, T., Svensson, P., Gonzalez, Y., Lobbezoo, F., Michelotti, A., Brooks, S. L., Ceusters, W., Drangsholt, M., Ettlin, D., Gaul, C., Goldberg, L. J., Haythornthwaite, J. A., Hollender, L., . . . Dworkin, S. F. (2014). Diagnostic criteria for temporomandibular disorders (DC/TMD) for clinical and research applications: Recommendations of the International RDC/TMD Consortium Network and Orofacial Pain Special Interest Group. Journal of Oral & Facial Pain and Headache, 28(1), 6–27. https://doi.org/10.11607/jop.1151

Slade, G. D., Ohrbach, R., Greenspan, J. D., Fillingim, R. B., Bair, E., Sanders, A. E., Dubner, R., Diatchenko, L., Meloto, C. B., Smith, S., & Maixner, W. (2016). Painful temporomandibular disorder: Decade of discovery from OPPERA studies. Journal of Dental Research, 95(10), 1084–1092. https://doi.org/10.1177/0022034516653743

Valesan, L. F., Da-Cas, C. D., Réus, J. C., Denardin, A. C. S., Garanhani, R. R., Bonotto, D., Januzzi, E., & de Souza, B. D. M. (2021). Prevalence of temporomandibular joint disorders: A systematic review and meta-analysis. Clinical Oral Investigations, 25(2), 441–453. https://doi.org/10.1007/s00784-020-03710-w

Imagen principal: Mehrpouya H / Unsplash. Las fotografías son imágenes de stock ilustrativas: no muestran pacientes, casos ni resultados de The Special Teeth.

Información educativa. La valoración profesional determina el diagnóstico y las opciones apropiadas para cada persona.

Newsletter Updates

Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

×
Agendar citaWhatsApp